Hay personas que viven para sus carreras y su vocación los motiva a ser mejores en el ámbito profesional cada día. A estas personas las motiva solo la pasión por lo que hacen, y aunque a veces se les va de las manos, sus aportes siempre son valiosos para su área. Este es el caso de Daniel Alcides Carrión y hoy conoceremos su historia.

Carrión nació en Perú en el año 1857 hijo de un padre ecuatoriano y una madre peruana. Vivió su infancia en Cerro de Pasco hasta que cumplió los catorce años, época en la que se trasladaría a la ciudad de Lima para cursar sus estudios de secundaria. Luego de graduarse, comenzó a estudiar la carrera de Medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Marcos en 1878.

Sin embargo, desde años antes de que iniciara sus estudios profesionales, específicamente en 1875, una rara enfermedad azotó al país: la ‘verruga peruana’. Esta era asociada con la anemia hemolítica y se caracterizaba por ser una enfermedad cutánea que causa fiebre y, en su fase más avanzada, genera la aparición de una erupción similar a una verruga. Sin embargo, en ese entonces no se tenía mucha información acerca de la misma y, por lo tanto, no había una cura definida.

Cuando Carrión estaba culminando sus estudios, debía llevar a cabo una tesis de grado para poder obtener el título de medicina, así que decidió que abordaría la verruga peruana. Sin embargo, cuando le propuso su método de estudio a sus supervisores, estos se negaron rotundamente.

Carrión les rogó que lo dejaran inocularse con tejido de una lesión cutánea de un paciente afectado.

Investigando por otros medios

Carrión había descubierto que la única respuesta que necesitaba era si la verruga peruana estaba o no relacionada con la fiebre de Oroya, y quizás también quería alcanzar cierta notoriedad en el ámbito científico. De una forma u otra, y al ver que sus supervisores se habían negado a sus procedimientos, el estudiante decidió tomar el asunto por sus propias manos.

El 27 de agosto de 1885, Carrión, junto a otros compañeros de clases, usó una lanceta para raspar una verruga activa ubicada en las cejas de un niño de 14 años y se hizo cuatro inoculaciones en los brazos, dos de cada lado. A partir de entonces, el estudiante comenzó a tomar apuntes acerca de sus síntomas y del progreso de la enfermedad.

Sitios históricos destruidos por la guerra

Tomó tres semanas para que Carrión pudiera observar los primeros síntomas: fiebre, calambres, escalofríos y dolor de cabeza. Unos días después, el 22 de septiembre, ya estaba bastante enfermo. Presentaba ictericia, estaba pálido y su orina era de color oscuro consistente con hemólisis rápida.

Tan solo 4 días después, Carrión ya se encontraba demasiado débil para continuar con su investigación, por lo que sus amigos lo ayudaron a terminarlo. A finales de mes fue ingresado en el hospital francés Maison de Santé, donde fue tratado con sales de hierro, quinina y oxígeno.

Justo el día antes de su muerte, el 4 de octubre de 1857, el comité del hospital permitió que se le hiciera una transfusión de sangre. En la época este procedimiento era muy peligroso, pues aún no se habían descubierto los tipo de sangre existentes por lo que cada vez que se hacía, era como jugar a la ruleta con los pacientes.

Sin embargo, Carrión ya estaba muy débil y falleció antes de llevar a cabo la transfusión de sangre. Lo enterraron en un mausoleo en las instalaciones del Hospital Nacional Dos de Mayo en Lima y fue declarado un héroe nacional y mártir de la medicina.

Poco después de su muerte, los compañeros que lo ayudaron a continuar con su investigación estuvieron a punto de ser enjuiciados, pero el caso se desmoronó luego de la conmoción del país por el sacrificio de Carrión.

Gracias a sus descubrimientos y a su gran aporte en el campo de la medicina, al cumplirse un año de su fallecimiento, la verruga peruana fue bautizada como ‘Enfermedad de Carrión’, y años después otras investigaciones revelaron que la enfermedad es causada por bacterias gramnegativas de Bartonella bacilliformis, que son transmitidas por moscas del género Lutzomyia.

Sus aportes medicinales nunca serán olvidados, puesto que gracias a él ahora se cuenta con un tratamiento que combate eficazmente la enfermedad y que evita la propagación de la misma en Perú.